26 de noviembre de 2015

Elogiemos ahora a hombres famosos

Un escritor para la noche. 

¿Qué hace falta para escribir como James Agee? ¿Qué clase de fiebre, qué clase de furia? Primero hace falta saber qué se puede hacer con las palabras. Y hace falta una humildad radical que no sea ninguna clase de pose política o moral.
Elogiemos ahora a hombres famosos
Para escribir así, como hace en «Elogiemos ahora a hombres famosos», su abrumador relato, minucioso hasta la asfixia, de las vidas de tres familias de campesinos blancos pobres de un villorrio de Alabama en los años treinta del siglo pasado. Hace falta coraje y conocer el propio miedo, y los propios límites, para vulnerarlos.

Hay algo que me fascina en esta sucesión de dudas, de falsos comienzos, rectificaciones, preguntas y proclamaciones de Agee. Forman parte fundamental del proceso de escritura, que en este caso el autor incorpora para que el lector comparta con él su propia agonía: qué decir, cómo decirlo, por dónde empezar.

«Ahora la casa había ascendido

Las luces se han apagado en toda Alabama».

¿Qué clase de poema ensaya James Agee que no es precisamente un poema, pero que retumba como un disparo en medio de la oscuridad?

Yo creo que el John Hersey de «Hiroshima» bebió de Agee. Como creo que bebió el John Berger de la trilogía «De tus fatigas», formada por «Puerca tierra», «Una vez en Europa» y «Lila y Flag». Como creo que bebió Svetlana Alexiévich, flamante Premio Nobel de Literatura, el primero por hacer periodismo. Porque acaso se entienda mejor «Voces de Chernóbil» (su único libro traducido en España, que le quitará el sueño y le hará llorar si se atreve a leerlo de noche y en voz alta) habiendo leído antes «Elogiemos ahora a hombres famosos». Por las fotos de Walker Evans que abren el volumen como un elenco de trallazos en blanco y negro, silenciosos, elocuentes, y por las palabras que a continuación despliega James Agee, dándoles voz a los que no la tienen, a los seres y las cosas: «Colocadlos uno al lado del otro en sus porches delanteros, cuerpos arcaicos debajo de sus harapos como son los cuerpos de los granjeros; colocadlos contra esa madera veteada que les sirve de cobijo formando tres bastos frisos, y ved, uno a uno, quiénes son: los Tingle, los Fields, los Burroughs».

Escribir como pesando tierra, con una intensidad reconcentrada, tamizando las palabras con un cobertor de arpillera. Para escribir así, como hace James Agee, no solo hay que salir de la carretera y acercarse andando a la casa. Y llamar a la puerta. Y preguntar si se puede pasar. Preguntar si el que llega con los ojos abiertos, y el cuaderno y el lápiz todavía en la mochila, merece ser atendido. Tanta concentración solo puede darla la luz. Tanta acción en un instante, en una manera de vestirse con la sintaxis como quien se quita escamas, desescamándose mientras escribe.

Leyendo a James Agee en Nueva York me venían a la memoria las noches frente al lago Kivu, en aquella habitación abarrotada del hotel de Gisenyi, junto a la piscina que había estado llena de cadáveres, y también las noches de Somalia, en casa de Carmen Garrigós, escribiendo, rodeado de insectos, mientras toda la casa dormía.

Se sirve Agee en su escritura de los dos puntos como si fuera una ideología de la prosa, como las manos juntas dándose calor, como no cerrar la puerta (es muy importante a veces no cerrar la puerta), como una forma de no concluir ni los pensamientos ni las descripciones. Los dos puntos como las rodillas rozándose al acostarse de lado, al arrodillarse para rezar, para abrazarse, acariciar un perro, compadecerse. Los dos puntos como una forma de perplejidad, de curiosidad, de afecto, de dejar abierta la ventana toda la noche. Los dos puntos como una huella íntima y geológica. Y la tristeza ante todos los sueños y estaciones.

Toso sin cesar mientras leo, porque estoy enfermo (eso anoté mientras devoraba «Elogiemos ahora a hombres famosos» en Nueva York antes de que las Torres Gemelas fueran derribadas) y no sé por qué me acuerdo de Juan Rulfo. No parecen tener nada que ver, y sin embargo… Leía: 150 metros para llegar a la fuente. ¿Cuántos metros tenían que recorrer algunos en Sarajevo a merced de los francotiradores para buscar agua? ¿Cuántos metros en Chad, en Darfur, en Ruanda?

Había tantos diminutos y profundamente significativos aspectos de la realidad que me habían pasado inadvertidos. Como los monos y los buzos, un «mapa del hombre trabajador». La ropa como trasunto de la pobreza, de sus dogales e incisiones, y la avidez de las muchachas que quieren huir como sea para acabar repitiendo el ciclo, sin que brille un instante la esperanza.

Elogio de la madera, elogio de la carpintería más humilde, poema de los tablones, de la economía doméstica, madera que es casa y toda una filosofía implícita del ser. ¿Cuándo habías encontrado antes una descripción tan certera de los objetos de la mesa de todos los días, del dolor de los demás?

Después de años de servirme de Ryszard Kapuscinski para rellenar mis propias lagunas a la hora de transcribir mi percepción de los fracasos y tergiversaciones del periodismo, aquí hay un depósito de más antigua y valiosa dinamita. El escritor y la guerra. Una pregunta para todas las épocas. Y responder con tanta pasión, perplejidad, dudas, y espíritu de contradicción como hizo Agee en su día. Pero sobre todo su voluntad de pegar la oreja a la tierra como un apache, de prestar atención, como propone Wislawa Szymborska en su poema «Falta de atención». No por nada uno de sus poemarios más hermosos se titula «Dos puntos». Es lo que ha ido recogiendo durante años Svetlana Alexiévich: «Yo quiero contar la historia de manera que no se pierdan los destinos de los hombres… ni de un solo hombre». Ojalá. Escribir para que el mundo, la existencia, a pesar de Albert Camus, tenga sentido.
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